Columna escrita por José Ángel San Martín
Lo dejó dicho y escrito Eugenio D´Ors: en escultura, lo que no es un Dios es un cachivache. En pintura también. Y en la que nace del pincel taurino, más. Indalecio Sobrino Junco, santanderino inequívocamente maduro, reside por temporadas cerca de lo divino, aunque le presumo bocetos como cachivaches. Formado como economista y reformado como empresario de éxito, Sobrino es uno de los mejores pintores taurinos del país. Y pinta al dictado de su profundísimo conocimiento de una fiesta cuyo primer bofetón cromático es bicolor: sangre y arena.
Los lienzos también procuran revolcones. Los cuadros de encargo son a veces onerosas cargas. Sobrino es un gran tío que nunca se cortará la coleta. De ese planeta taurino con aspecto de barrio obrero han quedado las deliciosas crónicas de otro gran santanderino: Joaquín Vidal, hasta que murió en 2002 tan joven como incompleto.
De lo que llaman albero permanece la obra de Sobrino, colgada aquí y allá, y expuesta en más de dos continentes sin perjudicar sus contenidos. Los toros sedujeron antes a Goya y Picasso; también a Sorolla y Saavedra. Indalecio pinta mientras corteja y lo hace sin anestesia. Pacta con el color. Negocia las luces. Recoloca las sombras.
Ya lo dejó dicho don Gregorio Corrochano: “¿Qué es torear? Yo no lo sé. Creí que lo sabía Joselito y ví como lo mató un toro en Talavera”. Leído y placeado, Sobrino lo tiene siempre en cuenta.
Ama su profesión. Es pintor y pinturero. Sabe escribir. Y tiene un gran defecto: demasiado afecto por la fiesta que resucita de nuevo las dos Españas: taurina y antitaurina.
Ni acaba de recibir un premio. Ni se acercan sigilosos homenajes. Ni siquiera irá en las listas del 24-M. Sencillamente, este abril de nordeste feroz es un buen momento para recordar que, si un gran escritor escribe como los ángeles, un gran pintor taurino como Indalecio Sobrino, pinta como los duendes.

