Columna escrita por Miguel del Río
Cuba y todo lo que pasa en esta isla siempre nos ha atraído especialmente a los españoles. A la mesa de Fidel y ahora su hermano Raúl se han sentado dignatarios de un color y otro, así que algo tendrán los hermanos Castro para haber llegado hasta este momento de la historia en que Cuba y Estados Unidos están fumando la pipa de la paz. El año que viene huele a un viaje de Obama a La Habama y otro de Raúl Castro a la Casa Blanca.
Puede ser la segunda gran foto de la historia contemporánea del mundo, tras la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989. La primera consecuencia del último apretón de manos de los presidentes de ambas naciones puede ser el levantamiento del bloqueo económico norteamericano a la República de Cuba. Estados Unidos es conocido mundialmente como una de las cunas de la democracia, pero Cuba no. Los fundamentos del país de Lincoln son el capitalismo y la propiedad privada, pero en Cuba no. Y aunque cada vez es más difícil emigrar para ver de cerca la Estatua de la Libertad, Cuba cierra a sus ciudadanos toda posibilidad de movimiento exterior para ir y venir a su antojo. Una economía saneada cura muchas cuestiones, y la inyección de dinero, ayudas e infraestructuras norteamericana a la gran isla situada frente a Miami puede inducir a otros rápidos cambios que son necesarios para los cubanos y cómo entienden la libertad. España lleva apoyando cambios visibles en Cuba en los últimos treinta años, y ahora queda fuera de juego, igual que la Unión Europea, en la nueva amistad americano-cubana. Es injusto pero en el ajedrez de la política mundial se juega así. Quien más puede es quien termina llevándose el gato al agua, en este caso los Estados Unidos metiendo bajo el paraguas de su economía a los cubanos. Atrás queda todo el esfuerzo y dinero empleado por España, para bien poco porque son los americanos, una vez más, los que se llevan el gato al agua.

