Columna escrita por Nando Collado
Llega la campaña electoral y ustedes, martirizados ciudadanos y sufridos lectores, tendrán una ínsula. Se la prometen de izquierda a derecha, de arriba abajo y en diagonal. No importa que después se la metan por la escuadra o les tiren un melón para rematar de cabeza. Ahora el género está barato, de baratija, y oirán de los próceres más reputados proyectos que jamás se llevarán a la práctica. Unos porque son mentira, otros por imposibles y un tercer género: si te he visto no me acuerdo.
Para ejemplo un botón: fíjense en lo que comprometió el líder contractual de Cantabria, el impopular Diego, y comprueben lo que ha hecho. Cualquier parecido ni siquiera es mera coincidencia, porque en la práctica nada coincide.
Los políticos, trotamundos quince días, se olvidarán de la mayoría de las cosas tan pronto caten poder. Una vez en el machito despejarán a córner cualquier centro que envíen los electores. Da igual si lo que llega es un esférico, una sandía o un cerdo de varias arrobas. Un puntapié certero lo envía todo muchos metros más allá de la línea de cal y permite otear la grada a conveniencia de parte. Malo y hasta injusto es generalizar –me dirán ustedes–, pero por lo visto los cuatro últimos años en Cantabria –también en España– es difícil construir otra teoría: donde dijeron empleo, más paro; donde prometieron prosperidad, más pobreza; y donde señalaron dignidad, reforma laboral. Cómo ha cambiado el cuento, dijo el lobo.
¿Una ínsula? Y una leche. Será una fístula. ¿Qué familia no sufre una incómoda fístula tras lo que pudo ser (lo anunciado) y lo que es (la cruda realidad)? Así las cosas, el que llegue nuevo debe saber que no basta con echar la lengua a pacer. Y si permanecen los mismos, barra libre y enhorabuena: la mentira no acarrea tarjeta roja.

