Columna escrita por Miguel del Río
Naciones Unidas tiene también entre sus días especiales el de la Madre Tierra. Como con otros tantos debates, los habitantes del planeta estamos divididos en dos a la hora de creer o no creer sobre que acabamos con todo el ecosistema que nos da cobijo y de comer. De ahí que el Cambio Climático, el Calentamiento Global y el Efecto Invernadero, tres de tres, se aparquen en época no electoral y regresen a los platós de las teles cuando hay presidenciales, especialmente en los Estados Unidos, donde también está la sede central de la ONU.
Puestos a pedir, me gustaría pedirle a la ONU que cree también los Cascos Azules en defensa de la tierra, el aire, los mares, los ríos, los bosques, los elefantes, los rinocerontes y las ballenas que comparten el planeta malamente (para ellos) con nosotros. Acabamos con todo lo que se nos ponga por delante, y Naciones Unidas nos invita a la ciudadanía a asumir el liderazgo (¡bien!) de la defensa de la tierra, a la vez que redefinamos el concepto de progreso (también oquei). Se han puesto a pensar donde habitualmente ya se han quedado hace tiempo sin ideas. Han ido esta vez mucho más lejos pidiendo un tratado mundial para frenar el exterminio al que tenemos sometida a la fauna y flora. La esperanza de que este pacto salga adelante es la misma que tengo yo para que me crezca pelo: nula. ¡Por pedir que no quede!, deben exclamar los burócratas de la ONU. Nada hemos aprendido de la gran cagada nuclear de Chernobyl, tampoco del gigantesco tsunami de Indonesia, y menos de la radiación que campa a sus anchas en Fukusima. ¿A qué le tenemos miedo entonces los hombres y mujeres? Al paro, a perder las tarjetas de crédito, y a cambiar el estatus social de la clase media a la baja, que nos impida alternar y hacer el tonto.

