Columna escrita por Fernando Uría
En el momento que nacemos nos convertimos en consumidores. Luego podemos ser jugador de bolos, médico o conductor de autobús, pero seguiremos siendo consumidores toda nuestra vida. Naces, creces, te desarrollas e intentas acabar tus días de la mejor forma posible y en todo ese trayecto vas consumiendo, comprando, usando servicios y…pagando en la mayor parte de los casos.
Por lo tanto, y como consumidores, nos convertimos en el mayor grupo de presión del mundo, por encima de partidos políticos, sindicatos, empresarios o clubs de fútbol. Alguien pensará que con todo ese poder seremos los privilegiados de esta sociedad…error. Las empresas de telefonía o eléctricas se ríen de nosotros, los bancos nos ningunean, las administraciones nos maltratan, las compañías aéreas nos venden asientos que no tienen (overbooking).
Los grandes o pequeños avances en el terreno de los derechos de los consumidores se han visto frenados, cuando no están en claro retroceso. Los proveedores no te llevan el producto a la puerta de casa (butano por ejemplo), se han suprimido los cobradores, el envío de información vía correo se restringe, la información al cliente se ha puesto en manos de mensajes grabados o de teléfonos de pago…y así un largo etcétera.
Hay claros ejemplos de abusos hacia los consumidores: los burguer americanos han “domesticado” a sus clientes para recoger las mesas (¿estamos tontos o qué?) los supermercados nos cobran las bolsas con su logo y nombre comercial (o me cobras la bolsa o te hago publicidad gratis, pero las dos cosas a la vez no) diseñadores de moda nos venden camisas con su nombre en la pechera o la espalda (que se la ponga él) en las gasolineras autoservicio tú lo haces todo (no reposto nunca en ellas, porque han prescindido de trabajadores y porque no tengo el carnet de manipulador de materias peligrosas).
Hagamos valer nuestros derechos, como ciudadanos y como consumidores.


