Columna escrita por Fernando Collado
Dentro de un mes a usted le vendrán unos cuantos pájaros con sus nidos a colgar (en el balcón). Durante los últimos cuatro años le han quitado casi todas las pinzas del tendal y se ha visto obligado a colgar la ropa con esas grapas que sirven para cerrar las brechas de la cabeza. Aun así, no se extrañe: le dirán que usted ha dispuesto de un colgador con cuerdas de oro. Irán con la soga a casa del ahorcado, sin vergüenza ni sentimiento de culpa.
Hicieron, pobrecitos, lo que tenían que hacer, aunque para ello el colgador, en una suerte de giros macabros, se llevara las promesas de unos y, con ellas, las ilusiones de otros.
El empleo indecente y perverso es el paradigma de la situación límite que soporta mucha gente. La reforma laboral es la hez: faculta un escenario punible para los trabajadores, resta toda estabilidad al empleo, aporta sobre todo precariedad y no permite que los ciudadanos vivan por su cuenta: es decir, dicha reforma es una máquina diabólica de crear empleados pobres. Los salarios no hacen más que confirmar el negro escenario de este tipo de empleo: personas trabajando por 500 euros (eso si tienen suerte, porque hay quien trabaja incluso por menos) que jamás podrán diseñar un plan de vida y mantendrán la dependencia de sus padres o abuelos. Mano de obra contratada por horas, como si tratara de una plantación: miseria a cambio de esfuerzo.
La boñiga se atropa con un badillo y se lanza a la boñiguera con una horca. Pues lo mismo con la reforma laboral del PP. Hay que darle una vuelta como si fuera un calcetín sudado y deshacerse de los artículos indecentes. Porque donde había un trabajador que cobraba 1.200 euros ahora puede haber tres que cobren 400. Haga usted la cuenta, saque una conclusión y reciba a los pájaros como le parezca. Este otoño se va a llevar mucho el elector con retrovisor.

