Columna escrita por Miguel del Río
Hay debate y diferencia de opiniones sobre si los jóvenes de ahora se divierten igual que lo hacíamos a su edad los ahora mayores. Semejante comparación no viene ni a cuento, máximo desde los inventos del teléfono móvil y el botellón. También es consecuencia de la modernidad tecnológica que tras el pelearse porque sí, a continuación se suba el vídeo de puñetazos y patadas a Instagram, para que sea del conocimiento general de la chavalería.
Con esta manera de funcionar, cualquier suceso en la calle se conoce primero en Internet que en los medios de comunicación. A nada que se me lea, no tengo que demostrar mi firme apoyo al sentir de nuestra juventud, una juventud en la que hay que confiar, porque de ellos vamos a depender el día de mañana. Y no lo digo porque con su trabajo vayan a mantener nuestras pensiones. Apunto más bien a que estoy seguro de que estas generaciones lo van a hacer mucho mejor de lo que lo hemos hecho sus padres. Eso no quita que haya excepciones entre los jóvenes, al igual que podemos cuestionar el tipo de educación que les estamos dando, así como el aprendizaje que adquieren sobre lo que es bueno, malo, moral e intolerable. Este verano se han producido sonadas peleas entre jóvenes, que asustan por la gravedad de algunos heridos, al tiempo que siembran dudas sobre la naturaleza de tan extrema agresividad. Decir a estas alturas que existe preocupación entre los padres es una chorrada como la copa de un pino, porque ser madre y padre conlleva siempre el temor constante a todo. Creo que hay que mirar más alto y señalar a cómo les educamos en casa, colegios e institutos. Veo que no estamos dando la talla, y prueba de ello son, sí, las agresiones injustificadas. Nuestra juventud pasa olímpicamente de los problemas que vemos los mayores a diario por televisión, y la explicación hay que buscarla en que somos muy cansinos y les hartamos. Volviendo a las peleas, han existido toda la vida, y no tienen edad. Ocurren en las fiestas patronales, en las romerías y cada fin de semana. La brutalidad va en la esencia humana al igual que el rechazo por igual a la misma. Y respecto a la preocupación de los padres, a los que ahora son adolescentes, ya les llegará su turno para desempeñar el mismo papel.

