Columna escrita por Miguel del Río
La actitud del Govern de Cataluña y sus socios de la CUP ha terminado por agotar a todo el mundo y al mundo en general. No es una exageración para nada. El hartazgo va desde la Unión Europea, el FMI, Estados Unidos, el presidente de la Comisión Europea y, por supuesto, los españoles en general y los empresarios catalanes que están huyendo del lugar como de la peste. No hay peor sordo que el que no quiere oír, y este es claramente el caso de Puigdemont, Junqueras o Forcadell.
Aunque los ciudadanos hemos despertado por fin de su letargo, algo que se ha puesto de manifiesto de en la gigantesca manifestación del 8 de octubre en Barcelona. Con declaración de independencia que dura ocho segundos para luego retirarla, y con amago de aplicación del artículo 155 de la Constitución por parte del Gobierno, el caso es que, ¡¡¡por favor!!!, ya no podemos estar así ni un minuto más. Hace unas semanas no podría haber asegurado esto, pero los independentistas se han quedado solos en su locura, porque ya no manejan el relato, y porque el miedo se extiende entre los ahorradores catalanes a quienes se les ponen los pelos de punta con solo escuchar la palabra corralito. La respuesta – constitucional, firme, segura y convincente – ya no se puede hacer esperar, aunque es entendible que un Estado vaya con tiento en la medida de lo que exigen sus leyes. A Puigdemont se le ha hecho un requerimiento: ¿Independencia sí o independencia no? La pregunta es más sencilla que la que hizo él en el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017. Están solos y más que se van a quedar. Por el contrario, la actitud de la sociedad catalana con sus editores de periódicos, bancos y marcas corporativas de reconocido prestigio, sin olvidar a las patronales empresariales, es digna de elogio porque desde dentro del mismo problema lo están combatiendo ya de frente. Nada hay que hablar con quienes mantienen actitudes totalitarias, como firmar una declaración de independencia al final de un pleno, sin contar con todos los representantes votados democráticamente por los catalanes. Del esperpento, la indignación y el desasosiego, estamos a punto de pasar, por fin, a los hechos que hablen de democracia, leyes, derechos, deberes y responsabilidades.

