Columna escrita por Miguel del Río
La frase sobre alguien que no dice la verdad ni al médico es muy aplicable a lo que cuentan y callan los clubs de fútbol, cuando se trata de dar las auténticas cifras sobre lo que cuestan las incorporaciones de jugadores de renombre a sus plantillas. Cada temporada nos presentan un nuevo capítulo de este despropósito llamado fichajes. Queremos dar ejemplo a los jóvenes futbolistas, empezando por su comportamiento en el campo, y el de sus padres en las gradas, hasta que llega una noticia que lo echa todo por la borda.
Pongamos por caso que esa noticia es: “El delantero portugués Joao Felix, de 19 años, ya es nuevo jugador del Atlético de Madrid, tras pagar 126 millones”. Cantidad tan abultada es lo que tienen de presupuesto anual muchos grandes ayuntamientos, que con ese dinero ofrecen todo tipo de servicios a los vecinos. Si le explicas esto a cualquier club, enseguida el directivo de turno replica que tal comparación es demagogia barata. Y puede que lleve razón, porque la demagogia es ante todo desinformación, y la transparencia de estos fichajes abunda por su ausencia. Los medios de comunicación se limitan a dar bola a los Griezmann, Hazard o Neymar, pero han renunciado a la crítica de que no se pueden permitir semejantes cifras en el deporte del balompié o el que sea. De seguir así, en pocos años se llegará a pedir 1000 millones por un traspaso, y algún Barcelona, Real Madrid, Juventus, PSG o Liverpool los abonará. Nos habremos vuelto definitivamente locos, porque ese es el camino por el que transitamos hace tiempo, y nadie parece poner cordura con tantos números que, como si fuera pecata minuta, hablan de 50, 80, 100 o 200 millones de euros. Salvo los jugadores, representantes, intermediarios y las aficiones que todo lo toleran, no sé a quién beneficia esta situación. Los niños que juegan al fútbol quieren ser Messi y alcanzar su mismo boato deportivo, económico y social. Solo unos pocos serán los elegidos, pero muchos padres quieren verles, con diez años, ya como estrellas consumadas. La desproporcionada implicación en el futuro de estos chavales llega a ser tal, que surgen en más ocasiones de las deseadas escenas de violencia en el campo de juego. Desde muchos clubs y directivas se esgrimirá que esto nada tiene que ver con los fichajes millonarios. Será su opinión, porque la mía es que el vil metal ha sustituido a los auténticos valores que deben primar y emanar del deporte, empezando por el valor de la humildad.

