Sea en Sad Hill, en Roma, en Sonora, en Almería o en Big Whiskey, nadie debiera partir hacia la negra parcela de la luz blanca sin que quien le estrecha la mano en el último aliento sepa su nombre: quién fue, cuáles fueron sus sueños y dónde entregó su primer beso. Ahora que tanto se habla de los ERTEs y tan poco con justicia de los inertes, aquellos miles de compatriotas que vieron cambiada su identidad por un número, como si estuvieran a la cola del pan de Dios, es perverso, indecente, y hasta delincuencial, hacer cualquier llamamiento a que la vida sigue. Creo que se detuvo con la primera víctima y que el motor de esta España de buenos y malos, de coloridos fuertes y tenues, de idiotas, pelotas e imbéciles gráciles, no arrancará hacia el unísono mientras el reconocimiento de todo (todo) lo sucedido continúe fuera del cuadro de la nueva normalidad.
Y así, con el vino convertido en vinagre, las uvas en pasas y el amor en dolor, con una balada de M Clan en un auricular y el estribillo más macabro de Black Sabbath en el otro, lo único que la población puede distinguir es el miedo. No tanto a perderse sin reencontrarse, no tanto al sufrimiento propio, no tanto a los periódicos de mañana como a las noticias de las tres. Ahora que el debate más serio sobre la crisis es el que han mantenido Jorge Javier y Belén Esteban, que el temor es insaciable, sigue ganando el miedo de volver a los infiernos, miedo a que me tengas miedo, a tenerte que olvidar; de quererte sin quererlo, de encontrarte de repente, de no verte nunca más.
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