El Pelusa se equivocó en casi todo: mujeres, amigos, negocios e incluso vicios. Pero acertó plenamente en el arte del fútbol, profesión de tuercebotas hasta su celestial llegada. Como el palestino Arafat, jamás perdió la oportunidad de perder todas sus oportunidades. Su compatriota Jorge Luis Borges, el escritor ciego, confesó que la invidencia le disuadía de perder el tiempo en mirar y le obligaba a pensar desde el primer instante. Maradona dedicó muy poco tiempo a pensar, cegado por la cocaína, el alcohol y las señoras.
El 10 del Boca, el Barça, el Napoli, el Sevilla y la albiceleste dejó dicho que “la pelota no se mancha nunca”. Frase autoexculpatoria de un prodigioso pelotero zurdo manchado inevitablemente por el adictivo polvo blanco. Su fútbol-tango le igualó al gran Carlitos Gardel, otro muerto prematuro con leyenda propia.
Su paisano rokero, Andrés Calamaro, nos cantó eso de “Maradona no es cualquier persona” y no nos contó el lado oscuro que todos maliciábamos. Y es que El Diego necesitaba el olor a pasto, el sabor del rectángulo verde y el color del fútbol como estupefaciente. El camorrista que goleó a Inglaterra con la legendaria mano de Dios cayó pronto en manos de la Camorra napolitana. Maradona edificaba entonces el sólido palacio de su autodestrucción. Más droga que goles, más trasnoche que juego, más madera. Error tras error, horror tras horror, hasta el fatídico 25 de Noviembre.
El mundo tan enfermo de coronavirus y se nos muere inopinadamente Maradona. España planea la merienda-cena de la media docena. Salvo algunas autonomías que quieren elevar a 10 el número de comensales. Un homenaje, inconsciente, al más grande 10 de la historia del fútbol. Quizás.
@JAngelSanMartin
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