Arrinconados en mesas de seis, uniformados por la mascarilla de Illa e interpretando el villancico mudo, hemos caído de bruces en la Nadidad. En estas fechas, beber equivale a vivir, cantar a gozar y brindar a sublimar. Tres tareas que pierden su sentido en solitario o con escasa compañía. El virulento virus se ha convertido en un implacable gendarme. Ordena y manda sobre nuestras alegrías, nos confina en la melancolía y nos inocula el miedo al presente y al futuro inmediato.
Cada vez que se muda, muta. Y convierte el planeta en una desquiciante permuta. Permutar hasta la locura toques de queda, confinamientos y cierres perimetrales. Abrir y cerrar ciudades, clausurar vuelos y exigir tests de antígenos cada veinte minutos.
Triste Nadidad, quizás a tono con el plúmbeo discurso de Felipe en Nochebuena. Sabedor de que su felipismo supera largamente al de Felipe González, el rey ya le ha leído el texto a Pedro Sánchez. El mensaje navideño no ha turbado la plácida cuarentena del presidente, según ha revelado la viceparatodo Carmen Calvo. Ni turbará la cena de Nochebuena de sus compatriotas. Mejor.
@JAngelSanMartin
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