Columna escrita por Miguel del Río
Según en la materia a la que se aplique, la confianza tiene teorías, también principios, y, por supuesto, resultados, que muchas veces no se ajustan a lo que uno esperaba. Que el coronavirus, mientras crea estragos en la salud, también mina la confianza de la sociedad, no es algo que se pueda rebatir así como así. Basta con mirar los ERE, ERTE, la hostelería, el turismo o el pequeño comercio, para abundar más en el hecho. Aplicado a las vacunas, en concreto a ciertas vacunas, pocas veces una palabra describe tan ampliamente lo que muchas personas sienten ante la eventualidad de que suene el teléfono y te den cita con la AstraZeneca. Y es que la confianza es, por una parte, la esperanza en que algo suceda como deseamos, pero también se traduce como seguridad, especialmente al emprender una acción difícil o comprometida.
Ahora mismo, no se puede negar que la línea que separa la confianza de la desconfianza es muy fina. El gran mal ya está hecho y se llama Covid-19. A partir de ahí, debemos ver en positivo todo lo que surja del ingenio y la iniciativa para intentar acabar con la pandemia, y allanar un poquito el camino de la crisis económica, tan morrocotuda, que viene. Creo que de la vacunación y las dosis que se ponen se va despejando un horizonte que (muchos lo olvidan deliberadamente) no conocíamos antes, no se había dado nunca, y no hay soluciones mágicas en el segundo año que llevamos con las consecuencias de este bicho esparcido, tampoco lo obviemos, por nuestra propia insensatez.
Lo fácil en la egoísta sociedad actual, y España demuestra a pulso ser un lamentable escenario diario, es ponerlo todo a parir, todo patas arriba. Nada vale de lo mucho y bien construido antes, se trate de lo que se trate, y tampoco somos capaces de hablar un mismo lenguaje a la hora de desenmarañar el futuro. De esto sí creo que nos vamos a arrepentir, y mucho. Confrontar en un cara a cara confianza y desconfianza, puede ser hasta lo normal. Situarse por situarse en lo apocalíptico, para nada.

