Columna escrita por Miguel del Río
Una estimada amiga me incide en la nula reacción que tenemos a lo que ocurre en Santander, ciudad que se va quedando sin sus tradicionales librerías, a semejanza de lo que sucede en el resto del país. Internet y las redes sociales copan el tiempo de jóvenes y mayores, mientras aparcan la lectura, de tal manera que hablamos de los libros, con los que se alcanza realmente el saber, como si fueran un instrumento cultural de otra época. Cuando se empezó a hablar de la sociedad del conocimiento y de autopistas de la información, con el solo uso de móviles, ordenadores y demás tecnologías, estaba claro que la lectura de libros terminaría pagando el pato ante semejante evolución, que no salvaguarda las mejore tradiciones de siempre.
Ya es lamentable que el libro decaiga en no pocos ámbitos, pero tiene tela que uno de ellos sea la propia educación, en las escuelas, institutos y universidades. En estos lugares donde se enseña matemáticas o historia hay demasiados apuntes, exceso de PowerPoints reflejados en la pizarra, y muy poca exigencia sobre que lo mejor de las culturas se encuentra dentro de los libros. Todo es hablar de nuevas tecnologías, portales, webs y digitalización, pero de repente se nos ha olvidado sensibilizar a los niños de la importancia del leer en sus vidas.
Sin lectores, la demanda en las librerías cae en picado. También está el problema de cogerlo todo gratis de Internet, con lo que se devalúa el gran esfuerzo que para un autor conlleva alumbrar su obra. A estas alturas, no resulta nada fácil invertir la situación, y se nota especialmente en el cierre de librerías que nos han venido acompañando casi desde siempre. ¡Qué pena!: el hecho encuentra una reacción nula por parte de los ciudadanos. No nos damos cuenta de lo mucho que perdemos, de lo incierto que se presenta el futuro con jóvenes que desarrollan sus estudios, pero sin apenas haber leído unos cuantos libros. No digamos desconocer que alguien genial escribió El Quijote, Guerra y Paz o Cien años de soledad. Solo pensar que generaciones futuras crecerán sin librerías produce tembleque.

