Columna escrita por Miguel del Río
Resulta descorazonador empezar este artículo con la apreciación de que lo que realmente prima en España (además en todo) es la confrontación. De igual manera, se aprecia falsedad en que, sin sentirlo verdaderamente, se incluyan en los discursos y declaraciones habituales expresiones como tolerancia, acuerdo, respeto, escuchar, comprensión, reconstrucción… Cabe señalar lo mismo con respecto a palabras como consenso, concordia o unidad, esta última, en lo que sea. Los ciudadanos solemos cebarnos en lo que se hace dentro de la política, pero nuestro conformismo nos impide ir más allá, en el sentido de que es la propia sociedad la culpable de no exigir un comportarse, incluido que todo aquello que se acometa se haga dentro de la más absoluta legalidad, transparencia, ética y responsabilidad. Si ya es malo que los mayores nos acomodemos a lo que hay, peor es el deplorable ejemplo que ofrecemos a la juventud.
Lo dicho: nos hemos acostumbrado a convivir con el desacuerdo. Lo percibimos a diario a través de los medios de comunicación elegidos para informarnos. Por cierto, los medios tienen también su culpa. Deben reflexionar sobre que el descrédito proviene de incumplir su papel vigilante hacia el poder político, económico y social, esencialmente de cara a que no se cometan injusticias. Esta manera de ser y de hacer, de cada uno por su lado, a lo suyo, con el individualismo reinante, se traduce mayormente en inoperancia. Es inasumible eso tan español de enterrar proyectos o cosas que funcionan bien, por el mero hecho de que lo han puesto en marcha otros, y en el relevo al frente del mando se opta por cosas nuevas a la vez que innecesarias. Así es como se ha ido construyendo un país en el que nadie está de acuerdo con nadie, de ahí que sea imposible afianzar lo que resulta trascendental, se trate de empleos, subsidios sociales, infraestructuras necesarias, proyectos post Covid con fondos europeos, y un largo etcétera. Si resulta triste asumir esta confrontación habitual, lo mismo ocurre con no reconocer lo enferma que esta nuestra sociedad. Basta con ver cómo de habitual se califica como blanco lo que es negro, sin que apenas nadie diga nada al respecto.

