En la crisis del 2008, ya se vio lo que daban de sí las pensiones de los abuelos, a la hora de echar una mano continuada a sus hijos y nietos. Aquella depresión económica (que duró hasta el 2015), no fue mucho peor, gracias a este hecho, que se vuelve a repetir en la crisis de 2023. Como novedad mala, hoy la cesta de la compra está imposible, y comer carne o pescado fresco hay que tomarlo ya como un lujo imposible de acometer en muchos hogares en los que se compra lo imprescindible.
Quizás surja de esto el razonamiento de la ministra de Hacienda y Función Pública, en el sentido de que las pensiones “son el salario que mejor repartido pueden tener las familias, ya que los abuelos no quieren las pensiones para ellos”. No voy a entrar en la frase que posteriormente ha negado la ministra, pero sí en lo mucho que han de estirar su dinero los pensionistas, para atender sus necesidades, y las de los familiares cercanos, que pueden verse afectados por el desempleo o el cobro de sueldos raquíticos con los que no te da ni para mortadela. Esta crisis de ahora tiene además los peores ingredientes que se pueden dar para el normal sostenimiento de un hogar. Está por los aires la comida, pero también la energía, el gas, la gasolina, las hipotecas, los préstamos y el transporte en general. Imposible distribuir así un presupuesto familiar mensual.
Esta frase de que los abuelos no quieren las pensiones para ellos, yo lo llamo vivir dentro de una economía de retroceso, en la que la necesidad ha entrado en muchos hogares, que se ven obligados a solicitar las pertinentes ayudas sociales que proporcionan principalmente gobiernos y ayuntamientos, pero también no pocas organizaciones de carácter social, como Caritas. La realidad solo es una, pero ya sabemos que estamos inmersos en la posibilidad diaria de que los hechos no se cuenten como son, y para ello los manipuladores de turno utilicen la complicidad de los medios de comunicación, caso de las televisiones, que insisten en contar las cosas al revés de cómo suceden.


