Los que criticamos la educación actual, tan falta de valores, esfuerzo y, por supuesto, de libros, no tenemos que llevarnos las manos a la cabeza, cada vez que en España se produce un nuevo episodio de racismo, machismo o xenofobia. Simple y llanamente, se recoge lo que se está sembrando. El Gobierno y sus diferentes ministerios creen que, con meter anuncios en televisión, ya está todo hecho. Nada más lejos de la realidad. Lo del jugador del Real Madrid, Vinícius, en el campo del Valencia, es la prueba de que, en derechos y mente abierta, este país va más para atrás que hacia adelante.
Antes de iniciar este artículo, diferentes opiniones públicas me han resumido lo que habría que hacer: fomentar la igualdad desde la educación, ejercer mano dura con sanciones ejemplarizantes, y parar el partido de inmediato, al primer grito racista que se produzca en un campo de juego. Todo, absolutamente todo, está muy bien. Lo malo es que, en este país, tan permisivo en todo, no se cumple nada o casi nada de lo que se dice o se promete. Valorando todas las opiniones, echo en falta una: la familia. Ahora que por ley hay tantos tipos de familias, la unidad familiar es la primera y mejor escuela para propagar la democracia, y con ella la justicia, la igualdad y la solidaridad. Pese al intento de muchos de vendernos como el país que no somos en realidad, las tres cuestiones claves que cito atrás (valores fundamentales) están ahora en el alero.
En España se ha cogido la mala costumbre de no molestar a nadie; de insultar porque sí; de no castigar nada; de rebajar la pena de todos los delitos; de acostumbrarnos a lo malo en vez de a lo que es de justicia. Por supuesto, aquí hay que meter al racismo. Tras el incidente de Vinícius, los medios venden titulares, cada uno según su tendencia (se pierde el sentido común). Pero, ¿qué pasará la semana que viene? Pues pasa como con lo del volcán de La Palma, que nadie se acuerda ya de lo que sucedió y de todo el sufrimiento. Se olvida pronto, esa es la verdad. Las promesas están vacías, siguiente verdad. Todo ello, hasta una nueva ocasión, ¡que la habrá!, en que, dentro de un campo de juego, del deporte que sea, se repitan los insultos racistas.


