Así como dicen que cada cinco minutos pasa un tonto por Cuatro Caminos podría afirmarse que tras cada curva del Desfiladero de la Hermida hay un político fútil por no decir inútil. Como existen tantas vueltas y revueltas es fácil hacer una cuenta general del imbecilismo imbecilísimo, por lo tanto superlativo, que une a esta garganta con cualquier prócer que haya dicho algo a propósito de las obras del citado desfiladero, que ahí siguen cual muralla china, presas del paso del tiempo, como un Guadiana impostor a la vera del Deva: ahora se reanudan, mañana se detienen y así, año tras año, hasta la eternidad de los tiempos.
Los políticos cántabros de ahora lo son de bóbilis, bóbilis; están de balde: baldíos y siempre con muy poco trapío. Ni embisten ni se les espera a la hora de retar al enemigo exterior, que suele ser otro sujeto de su especie, tanto o más inepto, pero con mucho más poder y siempre aficionado al escamoteo, esto es: negar el pan y la sal al territorio que tenga por conveniencia. Y a Cantabria siempre le toca bailar, cuando no compartir cama, con estos especímenes de moral abyecta que a menudo tienen otras parcelas que atender antes de darse una vuelta, por ejemplo, por la principal vía de acceso al valle lebaniego, aquejada por esas obras siempre inconclusas que le confieren una mayor peligrosidad de la habitual, que ya de por sí es mucha por las condiciones orográficas y serpenteantes de la propia carretera.
El requiebro que valerosos hombres trazaron entre peñas en el siglo XIX para comunicar valles, el desfiladero más largo de España con 22 kilómetros, es hoy en día la vergüenza de otros hombres de la actividad pública. Obras sine die, semáforos portátiles, desvíos peligrosos, carriles angostos, piedras y polvo durante años. Y ahora en mitad del verano, con las miles de personas que atrae el Año Jubilar cada semana, las hileras de autobuses, las caravanas con familias europeas, los camiones del reparto, las ambulancias, los turistas, los motoristas y los vehículos de particulares. La Edad Media al alcance de la mano en 2023. En esos 22 kilómetros se tarda lo que emplean aquellos políticos en zamparse 2.023 mariscadas y un dinosaurio.


