Lo sucedido en Boo de Piélagos y Castro Urdiales, con jóvenes y menores involucrados en crímenes hacia los que no damos crédito, nos sitúa ante la reflexión acerca de la sociedad que estamos creando, que suscita preocupación por ver crecer la violencia y la intolerancia. De inicio, tenemos que recriminar que es algo no valorado suficientemente porque, ante sucesos de todo tipo, se antepone siempre que los engranajes de seguridad de los que estamos dotados funcionan a la perfección y eso ha de determinar la tranquilidad ciudadana. Y no es del todo así debido a que los homicidios intencionados van en aumento cada año, al igual que otros delitos como pueden ser los robos y secuestros.
En la valoración o definición de nuestro sistema político-social, es cierto que se antepone el valor fundamental que en sí supone la educación en casa y en la escuela, y de ahí toda la atención e inversión que les prestan familias, Estados y Gobiernos. Por eso cuando la violencia juvenil se generaliza (¡agredir o pelearse y luego colgarlo en Internet!), y los protagonistas y víctimas de asesinatos son jóvenes y adolescentes, las convicciones en las que nos venimos apoyando se tambalean. Alucinamos al saber de una paliza mortal en una estación de tren, o el asesinato de una madre en el que se ven involucrando sus hijos. Ambos sucesos han dado la vuelta a España, aunque su origen ha sido Cantabria. El lugar tranquilo se ve igualmente alterado por semejantes dramas.
Los sucesos siempre han suscitado mucho interés en España; los programas televisivos donde se abordan dan fe de esta gigantesca audiencia que ve, oye y lee todo lo que se cuenta sobre asesinatos. Sin privar a nadie de lo que le gusta visionar por televisión, el Gobierno debería abrir ya una agenda para el debate de todo lo concerniente a la juventud, lista que va desde la mejor educación, el uso de Internet, el móvil en las escuelas, redes sociales y edad, etcétera. Hoy por hoy, no se le está dando suficiente importancia a los reiterados avisos para actuar de educadores, asociaciones y familias directamente afectadas por la pérdida violenta de seres queridos. No hay peor ciego que el que no quiere ver, y aquí sucede.


