Nunca he compartido las feroces críticas que se pueden hacer a un empresario, por su generosa donación de tecnología sanitaria, de última generación, a los hospitales españoles. Tampoco me ha gustado la poca altura de miras, cuando desde el Gobierno no se sale al paso en defensa de este tipo de contribuciones, que palian en buena medida el estrés de un presupuesto que hace tiempo que ya no da para sufragar todo lo que se viene en denominar el estado del bienestar.
El reproche de arriba tiene que ver con otro hecho reciente, protagonizado por la empresa Mercadona. Ha repartido entre sus trabajadores 600 millones de euros en primas. Este tipo de acciones deberían tenerse muy en cuenta, antes de crear entre la clase empresarial desasosiego porque parecieran cometer delito al arriesgar su capital, generar empleo y tener beneficios. En el caso de la empresa valenciana de distribución, sus accionistas decidieron en el año 2001 repartir también ganancias entre sus 105.000 empleados, lo que ha supuesto a día de hoy un desembolso de 5.580 millones. En cualquier país democrático es normal la alternancia en el poder, pero lo que nunca se ha de poner en cuestión es la cultura del esfuerzo. Genera hartazgo tanta referencia al para qué trabajar, si el Gobierno lo proporciona todo, a través de las muchas subvenciones puestas en circulación. Aunque no nos olvidemos de dónde sale ese dinero: del trabajo colectivo de muchas personas agrupadas en industrias, empresas, administraciones o por cuenta propia, al ser autónomos. Pese a las habituales declaraciones que no dejan en buen lugar a nuestros empresarios, ellos mejor que nadie saben que las metas se consiguen trabajando. Esto conlleva asumir responsabilidades, y no esperar a que te lo pongan todo en la boca, como parece desprenderse de críticas que se suceden desde el poder, y que no tienen sentido alguno. Cuando interesa, bien que se demanda desde lo público la colaboración del capital privado. Así también se potencia la educación, la cultura, las becas y los programas médicos y científicos que anhelan investigar hasta llegar a superar enfermedades como el cáncer o el ELA. A quien contribuya a estas causas hay que darle las gracias y no patadas en la espinilla.


