La indignación no es buena aliada a la hora de escribir sobre algo o alguien, ya que la rabia tiende a bloquear la mente, y de ahí distorsionar razonamientos y frases que deben ser escritas con sensatez, sientan bien o mal. Dicho esto, muchas de las actuaciones oficiales iniciales en la tragedia de Valencia no hay por dónde cogerlas, bien sea por incompetencia, desidia o, peor aún, insensibilidad. Empezando porque soy también de los que piensan que el ejército debería haber sido desplegado desde el principio. Se ha perdido un tiempo precioso con la lucha política de las competencias, de lo que ha de correr a cargo del Gobierno de España y quienes lo representan, así como el de la comunidad autónoma afectada. Algo tan brutal como lo sucedido en Valencia requiere de movilización nacional. Dudarlo es no ejercer bien las funciones de gobernación y salvaguarda de la integridad de los ciudadanos, y por eso se ha hecho tan mal en los primeros días de esta catástrofe, que requería y requiere unidad sobre todo, para que los ciudadanos no sintamos bochorno y vergüenza de comprobar que nuestras instituciones nacionales y autonómicas no están a la altura de las circunstancias tremendamente dolorosas que se viven allí. He leído opiniones que ponen en cuestión el funcionar del país en su conjunto, y si realmente somos la democracia eficaz e igualitaria que se supone. Es para cuestionarlo, sí, y llevar a cabo las actuaciones necesarias que hagan recuperar a los ciudadanos la confianza en sus Administraciones, especialmente hacia el Estado. El mejor ejemplo en Valencia lo ha dado el pueblo movilizado en auxilio y ayuda a sus vecinos. Es lógica también la indignación ante la falta de decisiones rápidas, que tenían que haber llegado principalmente del Gobierno central, un poder ejecutivo que debe representar a todos los españoles, sin excepciones. Creo que habrá que pedir disculpas por muchas malas conductas, y dirimir responsabilidades, ya que no se pueden desempeñar puestos de relevancia cuando se desconoce cómo hacerlo bien. Una vez más se ha puesto de manifiesto que nuestro país no cuenta con planes de emergencia para saber cómo actuar frente a una catástrofe de semejante magnitud a la valenciana. Todos debemos estar con nuestros compatriotas que sufren. El pueblo lo comprende, pero es necesario que también lo sientan sus representantes.
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