Siempre que se produce una gran catástrofe, máxime en tu propio país, periodísticamente se narra el drama de las personas que han perdido a seres queridos y también todo lo que tenían. Con la tragedia de Valencia, leo y guardo (para recordar) historias que son absolutamente desgarradoras. Unos padres que pierden a sus hijos o al revés, aunque la lista sigue, porque la desdicha no ha perdonado a nadie: maridos, esposas, niños, abuelos, bebés… Imposible relatarlo sin sumirte en un bajón anímico, tras ver las imágenes de tanto llanto y desolación. A fin de cuentas, sentirse humano conlleva solidarizarte con el dolor y el sufrimiento, a lo que se suma el pensamiento, bien razonado de los damnificados, de haberse sentido abandonados por su país y por su Gobierno en las primeras horas y días, tras el paso de la DANA maldita. Siendo 75 los municipios valencianos declarados catastróficos, la gran riada se cebó especialmente con localidades cuyo nombre se ha repetido en mayor medida, y no serán fáciles de olvidar. Pienso en Alfafar, Catarroja o Paiporta, localidad esta última donde sus habitantes han mostrado claramente su enojo, con un grito unánime de no sentir el auxilio adecuado en los momentos iniciales de la hecatombe. Las escenas de indignación trasladadas a autoridades, de manera no correcta, han provocado incluso detenciones y la apertura de causas judiciales, que sumar a tanta penuria con aspecto de perdurar. Resulta desquiciante salir de tu casa a diario, para andar los kilómetros que haga falta, en busca de tus seres queridos desaparecidos. Valencia, los valencianos, lo que quieren es que empiece la reconstrucción de la cuarta economía de este país. Según la Cámara de Comercio de aquella comunidad, la DANA deja cerca de 49.000 empresas afectadas, y un impacto económico negativo de 21.819 millones. ¿Cómo se quedan ante cifras tan escalofriantes? Ya que se trata de una recuperación que llevará años, semejante desastre no es para discusiones, desuniones, ventajismo político o mociones de censura, mezclándolo todo como aquí se acostumbra a hacer. Las instituciones oficiales, en general, atraviesan por su peor momento de confianza ciudadana. ¿Por qué será? Basta con preguntar a un valenciano.
Triste récord económico de la Navidad más cara en la historia
Hemos entrado en 2026, pero la resaca económica de la Navidad, y todo lo que hemos gastado (más que nunca),...


