Los semáforos del Desfiladero de La Hermida –en obras in illo tempore– atraen nuevas costumbres, comportamientos que se hacen ley por la fuerza del tiempo, de los millones de horas esperando a que la garganta del Deva se desatasque, como si fuera la laringe de un anciano con la cabeza de una gamba. Conductores y pasajeros que aprovechan para discutir lo que no han hablado durante la semana –el que va solo habla consigo mismo, lo que es un síntoma de inteligencia, según recientes estudios–, y otros, sobremanera aquellos que bajan de cualquier festividad mundana, abren la tartera, cenan y entonan una montañesa –quizá una asturiana, que por esa tierra serpentea también el noble río– y se empeñan en rebatir el viejo dicho de que el que come y canta, algún sentido le falta. Al rumor del Deva, cuyas aguas parecen retinglar como bolos en el cutío de La Serna, las costumbres se hacen leyes sin decretos ni pamplinas.
El medio es el mensaje, así que verán, entre el hastío y el bostezo, al que se queda traspuesto, no arranca y se gana una sinfonía de bocinas que ni la tercera de Händel; al que pisó una boñiga, se le quedó el pie pegado al freno y ciega al de detrás; la que aprovecha para darle un morreo a su chorbo porque hay horas nocturnas que aconsejan el amor, aunque sea con una peña delante y otra detrás –si las peñas de Lebeña fueran de queso picón, ya las habrían derribado Peñarrubia y Lamasón–; el incontinente que cruza la maltrecha carretera para echar la burra al agua y maridar con la corriente fría –castiza metáfora de la carretera, donde la micción en ocasiones es una misión–; el que se apea, deja la puerta abierta, con el consiguiente riesgo de que se la aviente el camión de la leche, y prende un trujas en la postura del tipo duro de Marlboro, pero con treinta kilos más y la panza de Torrente; y los que echarían el coche al río con tal de jugar al mus en una mesa que, contra la piedra ancestral, ha montado un operario con un palé y dos conos: el galáctico de la obra.


