Menudo cuidado tiene Sánchez cada vez que Nogueras coge el micrófono del Congreso. Esta semana la portavoz de Junts ha hecho del presidente un filete rebozado: lo ha pasado por harina y huevo, y lo ha puesto a freír en la sartén del pacto. Usted lo incumple todo, así que muevan el culo -textual- y cumplan los acuerdos con Cataluña, ha venido a decir la diputada independentista. Sánchez, como una malva, ha leído un papelito mientras la miraba de reojo, pero Nogueras lo ha colocado ante su espejo, roto en mil pedazos cada vez que hay que pactar a tropecientas bandas. Por la tarde, Junts -como el PNV- se ausentó de la reunión para gravar a las energéticas.
A Sánchez le encandila el Rufián Show, que llega por allí con su traje republicano, rueda una película y después se va a marcar paquete a la cafetería del Congreso. Mañana votará que sí porque a ERC y PSOE les pican las mismas pulgas y tienen un máster en desparasitación recíproca. Lo de Nogueras va por otra ventanilla, la de daños preocupantes, y aunque Sánchez el chulete aspire a engañar a todo el mundo, solo es capaz de esgrimir una risa floja cada vez que ella le aprieta la cincha. Nadie le había dicho que moviera su trasero respingón, y es llamativa la falta de gallardía en la respuesta a un término tan impertinente.
Pero el mundo de Sánchez es cuadrado y siempre encuentra una esquina en la que refugiarse, como el boxeador al que han cosido a mamporros y busca la toalla salvadora para que le den aire. La toalla de 2025 será Franco. Sánchez, del dictador, sabe lo mismo que los españoles de Lagartijo (tenía tres años el 20 de noviembre de 1975). Pero va a poner en marcha una campaña para no olvidar. Una gran preocupación la de Franco cincuenta años después. De hecho, todo el mundo pregunta por él en la calle. Primero lo sacaron de la fosa, ahora lo airearán en multitud de actos en favor de la memoria y la libertad. Solo falta que lo sienten en el Consejo de Ministros.


