¿Quién conocía a Sánchez –o al de la ceja- antes de tomar el poder en el PSOE? Nadie. Eran dos chorbos de la política que circulaban en el partido con poco oficio y en busca de alto beneficio. ZP es la piedra filosofal de Sánchez, al que pusieron puente de plata en el socialismo porque temían que hiciera lo que al final ha hecho: entregar el proyecto de la izquierda a populistas, independentistas, nacionalistas variopintos y Bildu. Ahí es nada. Volvió a bordo de un Peugeot en el que también iban dos que ahora están imputados por los tribunales, comenzó a bailar la yenka, a mentir y a desmentirse, levantó un muro en el Parlamento y rehízo el diccionario del Congreso: fachas, bulos, ultras… Una de sus ministras fue más lejos en el cónclave del partido en Sevilla: hay que aniquilar a la derecha. De acuerdo a su espíritu, pero sin espíritu de acuerdo. Todo convalidado por el circunflejo ZP, que lo mismo da clases de democracia desde Caracas –centro mundial de los derechos humanos– que revisa la historia de España porque es el único que tuvo un abuelo en la Guerra Civil.
La Guerra Civil –terminó hace 85 años– está en el primer plano de la agenda del PSOE y del Gobierno. 2025 será el año de Franco. Lo van a resucitar para no olvidar, en favor de la democracia, la memoria y la libertad. Sánchez (tenía tres años cuando murió el general) debió sufrir mucho durante el franquismo, como otros tantos que le bailan el agua y que ni siquiera habían nacido. Quienes lo vivieron ya alcanzaron un pacto constitucional de reconciliación, justamente donde ahora hay un muro. Pero Sánchez es un gran resucitador, gobierna con la marcha atrás y reanimará (reanimator) lo que sea con tal de no hablar de su presente y del oscuro futuro que se le avecina. Si ha revivido a Puigdemont –y a todos los amnistiados del Procés–, a Chaves, a Griñán y al que pase por allí que le convenga, ¿por qué no al dictador? Ponga un muñeco de Franco en su cena de Nochebuena y dele collejas. Por cada diez, el Gobierno regala un bono.


