Los moradores de las cavernas practicaban con fruición y vehemencia el lanzamiento de hueso y después se tiraban sílex a la cabeza. Era la manera de medir quién la tenía más larga y comprobar la puntería para la caza. Un entrenamiento lógico de aquel tiempo y, faltos de internet, 5G, plataformas de televisión y VAR, una forma lógica de pasar el rato antes del descanso del guerrero, el siempre recurrente fornicio.
Dicen que en la actualidad el fornicio ha dejado paso al vicio. Y no solo al vicio sexual en sus múltiples formas, colores y sabores -ha habido incluso un ministerio del Gobierno muy didáctico a propósito de este asunto-, sino, por ejemplo, viciarse a la play, a los after, a las raves (tú no lo sabes, tú no lo sabes; tu hijo es el último en salir de todas las raves), al arroz con leche, al martini con vodka, a peinar balones de rugby, a las rubias, a los pelirrojos, a poner molinos eólicos, a robar la caja común; en fin, dedicaciones que vienen y van con los siglos por muy extrañas, flipantes e incluso abyectas que algunas puedan parecer.
El periodismo y los periodistas no escapan de la norma común. Y sí, hay quien peina balones de rugby y lo hace de maravilla. Yo siempre los he envidiado porque no es una técnica fácil. Pero, como en la cueva, el aburrimiento, la maquinación, el riesgo o el simple posicionamiento político (esto no reza para los miles de profesionales que tienen bastante con trabajar y cumplir, que son la mayoría), lleva a dar un paso más: el acojonante lanzamiento de micrófono.
Criticado por unos, jaleado por otros, el hueso informativo va por los aires con el consiguiente regodeo de la clase política. Porque mientras se habla de que supuestos periodistas se arrebatan los micros para establecer una plusmarca olímpica de lanzamiento en cualquier calle, no se informa del presupuesto, los tribunales y la reconstrucción de Valencia. Los políticos han tomado a los periodistas como vicio propio (tú no lo sabes, tú no lo sabes) y les va ciertamente bien.


