La enésima carta de Sánchez a sus romanos, sellada con el lapo de Puigdemont, sirvió como dogma de fe. Una vez más. El día anterior el presidente había llegado al corral a lomos de una de sus famosas cuadrigas, en realidad cuatro ministros intercambiables, exhaustos y exhaustivos contra el desaliento, que portaron en banqueta al líder hasta el atril: no trocearemos el decreto, que volverá íntegro al consejo ministerial, dijo con cara de palo, gesto grave y surco en la mejilla. El eco de tan hondas palabras penetró por el vestíbulo auditivo de los coristas gubernativos y mediáticos, que procedieron ipso facto a interpretar la canción para la que fueron elegidos, porque, a decir verdad, nunca han compuesto ni producido nada.
Pero el día de autos, el de la carta y el escupitajo, salió de nalgas. Sólo había transcurrido una jornada, suficiente para dar otra ciaboga en busca de aguas más cálidas. El emperador del socialismo iba a hablar para desdecirse. Y allí estaba el redil, presto para encajar lo que se viniera, como en la canción de Chayanne. La escena gilipollesca alumbró un idiotismo en las jetas de los fanáticos, del que rápidamente se recuperaron para seguir al del campano por los pedregales que se inventare.
Los cronistas del imperio esgrimieron el escudo, al que llaman social, para proteger y justificar al necesario líder. Lo cierto es que otros escribientes, contra quienes pronto habrá una ley, afirman que, entre una jornada y otra, el emperador mandó a sus huestes a convencer a quien manda en realidad, o por lo menos tiene el poder de facto: Pelazus Magníficus, gobernador de las tierras de Chisgarabís cuya cónsul en el Congreso, Humilladora Suma, echó abajo el decreto global y se regodeó frente a los relumbrones del PSOE, que recogieron bridas y aceptaron el troceado de la norma contra lo que habían jurado solo horas antes. Salió Sánchez a explicarlo mientras se echaba y le echaban madreselvas a su paso: ómnibus vobiscum, todo con vosotros. Entretanto, en los barros del norte, Pelazus sentenció: Sánchez rapta est, y Humilladora rasgó con su daga otro odre de cava.


