Me gustaba mucho Europa cuando era una canción de Santana que interpretaba de maravilla Tobacco Road en las fiestas de Ojedo, allá en los últimos coletazos de los años 70. Hablo, evidentemente, del siglo pasado y aún no habíamos entrado como país en la UE, la antigua Comunidad Económica Europea. Pero fue flor de un día: entramos en el grupo de los listos del viejo continente y, desde entonces, nos hemos llevado (me refiero a España) tantos palos como zanahorias. La huerta, la ganadería y el trigo dejaron de competir hacia afuera, las pequeñas explotaciones languidecieron y esa flor de luna que tan bien, y también, interpretó el genio mexicano se convirtió en un eclipse total.
Europa, la gran Europa, tan intervencionista en sus tripas como inoperante hacia el exterior: encantada de haberse conocido, de haberse (re)inventado, de crear la economía verde para llegar a ninguna parte, orgullosa de ser más solidaria que los solidarios de Marte, presa de su dogma plural, aunque muchos de sus miembros rimen obligados en singular; la misma Europa, sin leyes básicas comunes, que ve ahora cómo Tump acuerda con Putin la liquidación de Ucrania con China de recepcionista.
Es la Europa del revólver de fogueo, que se desfoga cruel con algunos de sus miembros y rinde la cerviz frente a la liquidación en la práctica de la OTAN, la exaltación de EEUU y Rusia como grandes operadores de un nuevo orden mundial, mientras sus fronteras son una juerga, sigue presa del gas del Este por la liquidación apresurada de las nucleares –salvo Francia- y mira a Alemania, cuyo cambio político no es garantía de nada: solo un rocío mañanero en el desierto pendiente de una gran coalición entre la derecha ganadora y la izquierda soñadora.
Europa suena bien en el vinilo de Santana, pero pinta cada vez peor cincuenta años después. Se creyó inmune e incólume. Es un jersey hecho jirones, una servilleta mil veces pasada y paseada por el morro de burócratas que luchaban contra los ácratas y ya no saben a qué carta quedarse. Trump nos ha cogido la matrícula, Putin imprime las letras y Pekín hace los coches.


