El Gobierno ha decidido condonar la deuda de manera masiva para darle su trozo amplio del pastel a Cataluña por un puñado de (dólares) asientos independentistas en el Parlamento. Nada nuevo en el capítulo de cesiones para seguir un día más en Moncloa, salvo un detalle: Sánchez condona a mansalva para que todos los territorios hagan el amor profilácticamente con la deuda, que disfruten como buitres sobre una res desvencijada sin problemas el día después. El próximo año cualquiera sabe. Porque la deuda puede pasar de un lugar a otro, pero no desparece, porque habrá que pagar más intereses por ella, y porque esto hará que suba la prima de riesgo: el interés que paga el Estado en los mercados por lo que debe. En resumen: usted como cántabro puede ver que un pico de la deuda de la comunidad desaparece por este movimiento propio de tahúres, pero no se ponga demasiado contento porque lo pagará como español. Nada de esto se lo van a contar, no digamos las cosas peores.
En medio de la patraña amanece la portavoz del Gobierno, con alegría. Y trata de poner a la derecha en un brete, en una dicotomía entre condonar a todos (populismo dulce) o condenar a esa totalidad (populismo a quemarropa). No explica que usted en su casa puede mover la cartilla en números rojos de la sala a la cocina, y en su espejismo quizá crea que la deuda ha desparecido cuando esté sentado en el salón, la misma deuda que aflorará sin remisión cada vez que trate de hacer la comida. España es como una gran casa: los números encarnados nunca se evaporan, sólo cambian de sitio.
La ministra portavoz, igual de alegre, ha tratado de explicarlo también con una especie de metáfora obscena: usted piense que la deuda del país es su hipoteca, ¿no le gustaría que le condonaran una parte de la hipoteca y la asumiera el Estado? ¡Cojonudo! Pues sí, mañana mismo, ¿dónde hay que soltar el lastre? Nos han tomado por tontos porque la mayoría de las veces les sale bien la triquiñuela. Disfruten de la deuda que ya no van a pagar.


