Ahora que me encuentro en el carril de deceleración del periodismo, al que he entregado cuarenta años de mi vida, no puedo dejar de sentirme como el viajero que buscaba su destino y en realidad iba hacia ninguna parte. Estoy en las antípodas de George Best, pero he de darle alguna razón en su teoría del gasto y el malgasto. Si puse el acento -o los acentos- en lo fundamental o el tuétano de la dedicación periodística estaba en otro sitio y me equivoqué de andén. Como Jules en la ficción pulpa de Tarantino, me esforcé por ser el pastor de los textos perdidos, pero ahí siguen, sin nadie que los encuentre, sin nadie que ponga un titular sobre un mar de letras que vagan en el agujero negro de la incomunicación.
Me asalta esta reflexión precisamente ahora, como si fuera un David de María de los párrafos inconclusos, luchando por las oraciones subordinadas que un día tiré a la basura, las que ya no podré rescatar, las que quizá fueran importantes y se sumieron en el desagüe de un montón de folios sucios, mezclados con vasos de café plastificados y algún bolígrafo yermo. ¿Y si la oración principal estuvo siempre equivocada? Pues en ese páramo predico, precisamente ahora que esta casa, donde mato el gusanillo de mi prosa casi todas las semanas, ha decidido darme un premio por una extensa carrera que no es más que un mar de dudas. Son amigos, y a los amigos conviene sacarles del error, lo cual no haré en este caso por el inmenso agradecimiento que me embarga.
Así que ahí dejo la oración interrogativa. En el aire o en el fondo del océano para que la contesten otros. Nuevas generaciones de periodistas que tienen ante sí un futuro diabólico en el que ya no solo hay que saber escribir e identificar el lead, sino conciliar con las redes asociales, la inteligencia artificial y las zaragatas de la política siniestra. Estaría bien comenzar por largarse de las ruedas de prensa en las que no se puede preguntar. En adelante, sujetadme el cubata, y que una hoja en blanco os ilumine.


