La guerra de los aranceles ha aflorado una primaveral tontuna cósmica, que es como la hambruna del comercio pero en idiotez elevada a la gilipollez. La administración Trump se ha convertido en una jaula de grillos que miran los líderes del mundo (excepto Rusia y China) como los tontos muy tontos de la película dando bocanadas frente a una pecera: mente superior domina a mente inferior. Con tanta inteligencia, no extraña ya a nadie que Elon Musk haya dicho de Peter Navarro, ideólogo de los aranceles, que es “más tonto que un saco de ladrillos”. Mientras tanto, a Trump le encanta que se peleen “los chicos” y bravuconea en modo escatológico porque comienzan a llamarle aquellos líderes o sus enviados “para besarle el culo”. El nivel, Maribel.
Nadie pensó que la cuarta entrega de Resacón iba a ser en la Casa Blanca, pero camino llevan. Sólo faltan los casinos, un tigre y Mike Tyson. Tal es el repelús de Sánchez a los félidos que se ha largado a China, una gran democracia, para voltear los negocios patrios hacia el oriente. Le habrán advertido del necesario cuidado, no vaya a ser que a la mañana siguiente descubra que se ha casado con Xi Jinping (algo muy común en las juergas de Las Vegas) y empiece a desternillarse Ábalos, al que le ha sucedido de todo, pero eso aún no.
El anillo chino, dicen, no te lo quitan ni los bomberos, y tampoco sale con jabón francés del que vende Macron. Pero eso no es un problema para Sánchez, siempre puede arrancarse el dedo porque ha cambiado de opinión y conseguir un doble objetivo: victimizarse mientras lo explica (“Yo estoy bien…”). También puede elegir a cuatro chorbos en la rueda de prensa –no diré periodistas– para que le pregunten por otras cosas: por qué no se puso crema si trae la cara quemada, qué tal la panorámica de la muralla y si le costó respirar con tanta polución.
Entretanto, el 25% del plan de choque comercial se lo lleva Cataluña. Puigdemont tiene sus propios aranceles, que Sánchez paga con gusto. No es tan tonto como otros.


