Mientras la chusma paga impuestos a granel, y cada vez más, la España preciosa va por su lado como una línea paralela que jamás se cruzará con la realidad tangible de las personas que mantienen el tinglado y que, siempre con dependencia absoluta de la coyuntura, pueden ser estabuladas a criterio del que mande en cada momento. La España bonita no es un bulo, no está en el fango, no pasa por los juzgados, no sufre apagones, no duerme en paradores ni sabe de imputaciones: es un mundo feliz en el que un festival puede pasar al primer plano de la actualidad y unos feriantes del absurdo con sueldos galácticos desembarcan en la televisión pública al ritmo púbico del chuminero.
Quizá nunca hemos estado peor, con los números más retorcidos y la tarima política más rayada, desvencijada y desprestigiada, pero la España guapa circula en el plano multicolor de la abeja Maya, luego estamos mejor. Lo estamos mientras la pasta y las prebendas políticas circulen hacia el nordeste y los cupos del medievo pongan las agujas del reloj en el norte. La España chula, pero asimétrica, tan milimétrica sin embargo contra el común de los mortales, todos obligados a no resbalarse, porque entonces sí, les caerá todo el peso de la ley.
Tres líneas paralelas que no deben encontrarse para que la estabulación ciudadana duerma el sueño feliz; a saber: la España preciosa, la España embaucada y la España corrupta, tres por el precio de una. Todo estará bien mientras Maya, solícita y feliz, revolotee en la portavocía y el saltamontes jefe vague de prado en prado siempre en busca del verde que mejor resplandezca y del sol que más caliente. Pero lo cierto e inquietante es que el Congreso es un avispero asentado en un nido de ofidios que tienen amenazado al de las patas largas en una conjunción de intereses perversa que, frente a lo que pueda pensarse, es cada día mayor porque el bello que representa a la España chula tiene la figura de paja. Da igual: usted pagará la cuenta.