Hay que reconocerle a Sánchez que consigue rematar algunas de las causas que emprende. Después de su arenga a la España que se moviliza, varios de los ciclistas más laureados del pelotón lucieron los trofeos de la Vuelta (vuelva usted mañana) encima de unas lavadoras -quizá fueran frigoríficos, neveras o lavaplatos; tanto monta- improvisadas como cajones de podium. Todo en el parking de un hotel, con dos perros olisqueando y husmeando entre el sudor: una situación medio clandestina, mientras al presidente se le suponía a esa hora de celestina de su causa internacional reciclable. Sánchez consiguió pintar el numerito. 1, 2, 3 en cada una de las lavadoras a cuenta de la suspensión de la carrera. Vingegaard, león de Bejes no hace tanto, agitó el champán en una especie de chigre para festejar el rojo. El caviar lo puso Moncloa con otros comensales.
Los que quieren estacionar a Sánchez (o lo ven ya estacionado) en un aparcamiento sin tique de la OLA para que se lo lleve la grúa cometen un severo error. Hay muchos de estos en la oposición, los que juegan al monopoly de los ministerios con la piel del oso aún muy vivo. Ciertos memos que desconocen o pasan por alto la ‘Política de la lavadora’, donde el presidente, tan pincel, lo va metiendo todo para clarear sus trapos sucios y sacar colores a conveniencia. Hoy el rojo del 36, mañana el verde ecologista, pasado el amarillo de los incendios… El domingo, en Madrid, usó además el centrifugado largo para disfrutar del ruido y culminó su gran obra empoderado -supongo- con la imagen de un grupo de ciclistas, con las canillas al aire y el paquete en primer plano, encima del preciado electrodoméstico. Nada tan ridículo ha dado tanto rédito político en el ámbito al que se dirigía: jaque mate del esperpento.
Sánchez, rodeado por un full de escándalos que sonrojarían a cualquier camaleón, seguirá jugando la partida con su pedazo de cara de póker porque tiene una lavadora, lo mismo que otros tenían un tractor amarillo. Y en ella meterá todas sus causas, a los ministros de trazo débil y a los prebostes de Génova a desteñir. Con mucha lejía.



