Hay más de cinco millones en España que darían lo que fuera por un beso del flaco. Y, cuanto más flaco, más besos, porque esa inanidad despierta en la gente un gran sentimiento de protección, aunque al final solo sean tiritas para el corazón partío. El flaco no lo es con el estilo y porte de Menotti, tan señorial; ni mucho menos como el languideciente maquinista de Brad Anderson, tan conmovedor: lo es más a la manera cómica, muy maquillado hasta casi el chorretón caoba, una pizca cercano al rubio de Scooby Doo, o si se quiere como un Quijote de las causas internacionales perdidas, mientras hacia dentro la boñiga sale por el quicio de la puerta y hace imposible transitar incluso en albarcas.
Se necesitan más besos solidarios, de tête a tête, para superar que el de la panza ya solo pastorea a su rucio en los suelos de talego, tan poco abrillantados. Que Dulcinea lleva camino del pentajuicio y que el acusador mayor del reino va a rendir sus posaderas en un banquillo de firme tabla y no en el acostumbrado sillón mullido. El flaco necesita un beso largo hasta el morreo, de sus acólitos y de quienes pasen por allí, porque es imposible luchar a espada partida, por mucho chapapote que le endilguen en el rostro, contra este panorama prospectivo, injusto, puerco y demencial que podría acabar con sus fieles más entrañables caminito de Jerez.
Así que aticen esos cinco millones de besos al flaco. Los necesita. Deben ser húmedos porque también tiene sed, pero jamás con lengua, ya que debe ser usada siempre y en todo lugar para transmitir la profundidad del mensaje actual, sin duda de mucho calado e inteligencia: facha, nazi, culo, pedo, pis. Contra la injusticia, la prospección y la malicia, muchos besos también para cenar, aunque las lenguas viperinas digan que el flaco está ahora a partir un piñón con quien llamaban el gordo, un tipo renacido del plomo con molde malvado. Minucias: nuevos tiempos, besos de azufre.



