Es un fucking crack: tiene el rabo de paja, le dan candela y hace un llamamiento a la calma. Como un Nerón de la política, se fuma un puro mientras se queman sus posesiones, rodeado de saltimbanquis que le succionan los zapatos, pero que no dudarán en traicionarlo en cuanto cese el sur y el aguafuerte les suba hasta el cuello. El mérito, para vivir o morir, es suyo. Como suyo será el poder y la gloria y suya será la derrota. Los palmeros, de dentro y fuera, son atrezzo, mueblería, guiñoles de quita y pon. Si por él fuera, los pasaría por la quilla de la política so filo de Tizona.
Cuadros mal pintados y aún así prefieren creer que pintan algo. Conocen lo que sucede, pero han asumido el papel de onagros silentes. Otros han hecho el juramento populista del jumento: alfombras decorativas para una cuadra putrefacta con tal de que no medre la de enfrente. Chupan de la piragua. Meras copias con agua fría en el encéfalo, guarnición que desprecia el líder. Muñecos a pilas que ansían tirar con pólvora del rey. Pero el Rey es él, y en realidad desprecia, aunque los use, a esos súbditos que meten la basura bajo la escoba y que solo dan tabaco y vino. Quizá ni eso: tresillos de salón, sapos en el alberque y piedras en el riñón.
Tiene fama de pontificar hoy y deshacer mañana el pontificio. La estabulación traga por embudo. A cubos. El cambio de opinión ha dejado de ser coyuntura para liderar la acción del desgobierno. Estos son mis principios, mañana los vuelvo del revés: Groucho y Marx al bies. Se define, ufano, como la quintaesencia del avance, aunque todo lo que tiene alrededor sufra un siniestro por alcance. Nada tiene que explicar, nada ha de justificar (ni siquiera las líneas de los textos o los libros que le escriben) porque sabe que su plebe se lo aprobará sin rechistar con un suave movimiento de la cabeza, de arriba a abajo, como aquellos perritos que iban posados en la parte trasera de los coches de los 70. Falderos en los despachos y pánfilos en la aceras. Lluvia amarillenta, templada, ácida: beban.