Hubo un tiempo que en la escuela sabíamos de memoria los ríos, los grandes picos y los cabos de España. Hoy confunden el extranjero Danubio con el Cenutrio. Y, lo que es peor: creen que nace en la Sierra de Albarracín. No es extraño por consiguiente que cueste tanto en la actualidad contar los golfos. Le preguntaron al alumno Pedrito, inseparable de Jaimito, que los dijera de carrerilla: a huevo, cortita y al pie, para lucirse. Los conoce todo el mundo, era para sacar matrícula pero, tras realizar un repaso imaginario, Pedrito, tan locuaz, dicharachero y chuleta cuando pasea por el recreo, enmudeció cual semoviente pillado en renuncio. Son tantos en esta orografía cambiante que ponen en un brete diario hasta a Google Maps, que listo parece un rato. Aun así, Pedrito, repasado el perímetro peninsular, alcanzó a balbucear una respuesta: ¿Todos? Torpe pero pillo al mismo tiempo. No es un contrasentido aunque lo parezca: ha crecido tanto el número que lo más normal es fallar.
Pedrito tiene compañeros de clase que le chivan algunas respuestas de ciertos exámenes a cambio de que les dé la mayor parte del bocadillo. Quizá por eso está tan flaco últimamente. Son trileros que un día le dejan sin chorizo y otro le mangan la bicicleta. Pero Pedrito, cisne desplumado, los necesita para tener la cabeza a flote y jugar con ellos ahora que la clase parece darle la espalda de manera definitiva. Que sean, los bravucones, candado de sus miserias y altavoz de sus mentiras. De modo que el conteo de los golfos ya ni siquiera depende de él, sino de lo que consideren sus abyectos amigos. Hace bien poco, para relajarse y tomar apuntes, la profesora proyectó en pleno aula la mítica ‘Uno de los nuestros’. Los amigos de Pedrito llegaron a clase al día siguiente en Cadillac. Él, con el triciclo turbo porque le habían pinchado la bici. Solo acertó a decir entre el estupor: «Me han rajado las cuatro ruedas». Un patético error de cálculo. Y sí: los amigotes maquillan muy bien al cisne estos días para que no sea pavo de Navidad.


