Aposté por irme lo más lejos posible de la prórroga. Al monte más cercano. En realidad acababa de volver de Liébana conduciendo con la esperanza de que en esa hora y media España hubiese resuelto la final a su favor. Pero no. Quedaban otros 30 minutos de sufrimiento como mínimo y acaso una tanda de penaltis de las de sintrom. Así que me largué a ninguna parte, sin plan, brújula ni mapa. Con el paso de los años ya no veo en directo los grandes partidos. Ningún médico me lo ha prescrito, pero es un receta que me aplico a mí mismo cuando siento la velocidad en mis arterias. Para colmo le acababan de anular un gol legal a Nico y, ante lo que consideré el preludio de una sirla a la egipcia, me eché a rodar por desconocidas aceras sin manta, carreta ni burro.
Las calles debían ser nuevas, o debían ser otras, porque no tenían ningún parecido con las del día anterior. Allí, a ras de asfalto, no había ni Dios, que luego supe que estaba infiltrado tras cada una de las ventanas abiertas a la fresca de la noche y que sirvieron de altavoces de lo que sucedió en la final. Rivero voceaba sus apresuradas metáforas, las banderas españolas permanecieron acostadas en los balcones a la espera de que sus dueños se envolvieran en ellas y yo no dejaba de pensar en el ‘Iniesta de mi vida’ de Sudáfrica: aquel derechazo cuyo preludio fue un milagro de Casillas. Tócala otra vez, Camacho.
Hace 16 años aguanté contra la salud de mi corazón como un titán. El domingo, tres lustros más viejo y con un catálogo de manías para vender en el rastro, no. El estrabismo llegó hasta el punto de que decidí usar los dedos índices como tapones auditivos para burlar a Rivero, que ya era dueño de los salones de toda España y me asaltaba tras cualquier esquina. Cinco minutos de tapones y un vistazo a la aplicación del móvil. Una manía como otra cualquiera, como al que le da por peinar bombillas. En eso estaba, en la culminación de mi ostracismo futbolístico cuando, entre tapones y móvil, en ese preciso segundo, estallaron los balcones, Ferran se disfrazó de San Andrés y la luna puso sus luces largas. Brandy 106.
Ministro Fetén
Yo de mayor quiero ser Ministro Fetén, tirarme en plancha por las redes sociales, defecar en lo barrido y miccionar...


