El orífice se plantó muy campanudo frente al togado, amarró el burro al aldabón y presto, con voce impostata y gesto de galería, aseguró que en diez días revelaría el origen de unos joyones que, según dijo después en Telepíter, «estaban ahí y ya está» (en una caja fuerte). ¿Quién no ha abierto un armario alguna vez en su queli y se ha encontrado de morros con un relumbrón áureo? De lo más normal en el mobiliario proletario, no digamos en el progresista. También le sucedió a Tim Roth en la escena cumbre de Pulp Fiction ante la mirada juzgadora de L. Jackson, pero Tarantino jamás dio una fecha para revelar el origen de aquella luz dorada que sigue siendo un misterio. El del orífice, por contra, quedó desvelado a los 98 días (cada día de Bambi son diez del resto de los mortales): los collarones y otras piezas se las regaló en 2007 el entonces rey saudí Abdalá durante una cumbre en la que éste, por cierto, estaba serio como una puerta y ZP con la sonrisa perpetua del bobalicón astronauta. Debió ser la cumbre del Aconcagua y un cóndor avispado pudo llevarse los regalos para después dejarlos en el nido zapateril, de donde los rescató la policía como si fueran cándidos polluelos invidentes, condenados a no ver la luz en veinte años disfrazados de alhajas.
Pero el orífice -que largo fía sus promesas porque un día suyo es semana y media- está más o menos tranqui (como Fonzie) porque ha encontrado el inestimable apoyo del pontífice del progresismo interplanetario, confiado éste en que la versión circunfleja sobre las joyas y otras investigaciones de mayor enjundia sean menudas inventadas o, al menos, inventadas menudas. Aun así, el pontífice ha enviado a un póker de subalternos (en realidad ministros maletillas con menos cornadas que un querubín) a embarrar todo el escenario judicial que podría afectarle. Sabedor, quizá, de que los ropones no solo buscan -en el conjunto de casos- orífices y pontífices, sino algo tanto o más inquietante: artífices y partícipes. Porque el toque de Midas solo sería el chocolate del loro.

